➤ «El papel de los humanos en todo esto, por ahora, sigue siendo extremadamente relevante» ➤ «En el momento en que este debate se abre a nivel global, la probabilidad de que ocurra una catástrofe disminuye significativamente» ➤ «España tiene que hacer una labor de introspección y preocuparse significativamente por su educación»
El catedrático de Empresa y Turismo Digital de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), Jacques Bulchand, defiende que la regulación de la inteligencia artificial debe quedar en manos de los poderes públicos y no de las compañías que desarrollan esta tecnología. «Si alguien tiene que regular la inteligencia artificial sería el sector público, no las propias empresas que desarrollan la inteligencia artificial», afirma, en un momento marcado por las advertencias sobre sus posibles riesgos y por la competencia tecnológica entre Estados Unidos y China.
Bulchand considera que la incertidumbre actual también está relacionada con la situación empresarial de las grandes tecnológicas, algunas inmersas en procesos para salir a bolsa sin haber alcanzado todavía beneficios. A ello suma «el miedo americano al desarrollo chino», en un contexto en el que ambos bloques avanzan con sus propios modelos. Frente a esta competencia, sostiene que «no queda otro remedio que ponerse de acuerdo» internacionalmente si se pretende aprovechar la tecnología sin que termine volviéndose contra la sociedad.
Un riesgo que debe vigilarse
El experto no minimiza los peligros de la inteligencia artificial, pero considera positivo que el debate sobre sus límites haya alcanzado dimensión mundial. «En el momento que este debate se abre a nivel global, en todas las sociedades, ya la propia posibilidad de que pase es bastante menor», explica. Recuerda además que numerosos profesionales del ámbito tecnológico vigilan permanentemente las herramientas y hacen públicos sus fallos para que las empresas introduzcan mecanismos de protección.
Bulchand pone como ejemplo los casos en los que determinados sistemas han ofrecido instrucciones peligrosas y señala que esas vulnerabilidades han sido detectadas y corregidas mediante «guardarraíles». En cualquier caso, insiste en que el factor humano continúa siendo determinante: «La inteligencia artificial en gran medida hace lo que los humanos le decimos». Para que una herramienta ayude, por ejemplo, a fabricar una bomba, «tiene que haber un humano que le solicite que le ayude a fabricar una bomba».
Los tecnólogos no deben decidir el modelo social
El catedrático advierte también contra la tendencia a atribuir a los grandes empresarios tecnológicos una autoridad que excede su ámbito profesional. Que una persona haya creado una empresa de éxito, explica, «no significa que sea capaz de entender y de resolver los problemas sociales». Cita como ejemplo a Mark Zuckerberg y señala que sus planteamientos sobre el funcionamiento de la sociedad «no dejan de ser más que opiniones de una persona tremendamente cualificada», pero cuya especialidad fue crear una red social.
Por esa razón reivindica «el papel de los gobiernos, el papel de la administración pública y el papel de las comisiones» para establecer las reglas. Sobre la concentración de riqueza y poder en manos de grandes fortunas, admite que puede constituir un problema social, aunque considera difícil encontrar una solución sencilla dentro del actual modelo económico basado en el respeto a la propiedad privada y al desarrollo empresarial.
«Lo de España es demoledor»
Bulchand muestra una preocupación especialmente intensa por el deterioro educativo reflejado en los resultados de los informes internacionales. Aunque reconoce que los móviles pueden tener parte de responsabilidad, rechaza atribuirles el origen del problema. «A mí me preocupa mucho más el nivel español» y «lo de España es demoledor», señala. Asegura que desde el sector educativo se viene advirtiendo de estas carencias «mucho antes de que aparecieran los móviles, las redes sociales y todas estas cuestiones».
El profesor afirma que ya se encuentran alumnos con dificultades para comprender textos extensos o realizar operaciones matemáticas básicas. «Tenemos estudiantes que cuando tienen que leer un texto un poco largo no lo entienden» y otros con problemas incluso «para calcular un porcentaje», advierte. A su juicio, España debe realizar «una labor de introspección» y prestar especial atención a las crecientes diferencias entre comunidades autónomas, con Canarias situada entre las que presentan peores resultados.
Recuperar el papel del profesor
Bulchand cuestiona además los modelos educativos que confían excesivamente en la tecnología para sustituir funciones esenciales del docente. «Cuando hablamos de una materia que tenga un poquito de complejidad, las matemáticas, la lengua, la ciencia, al final necesitas a alguien que te la explique», sostiene. Frente a determinadas tendencias pedagógicas, reivindica la utilidad del modelo tradicional del profesor y la pizarra para transmitir y hacer comprensibles conceptos complejos.
También defiende los ejercicios de repetición y el trabajo de la memoria. Recuerda que los dictados permitían desarrollar la ortografía y que procedimientos similares se utilizaban en matemáticas. «Dejar fuera los modelos de repetición es como dejar fuera la memoria», afirma, y considera especialmente importante ejercitarla durante la infancia, cuando posee una gran capacidad de desarrollo.
El catedrático extiende esa reflexión a la escritura y advierte de que los correctores y asistentes automáticos pueden terminar condicionando la forma de expresarse. Reivindica la escritura manual y la diversidad estilística, y utiliza como ejemplo a José Saramago, cuya manera de escribir probablemente desconcertaría a cualquier corrector automático. «Lo maravilloso es tener una persona que escribe de una manera completamente distinta al resto de la humanidad», concluye.