El estigma de algunos barrios de Las Palmas de Gran Canaria condiciona la percepción social y el precio de la vivienda

La Isleta, en Las Palmas de GRan Canaria | EEC

La Isleta, en Las Palmas de GRan Canaria | EEC

Un estudio de geógrafos de la ULPGC analiza cómo la mala imagen heredada de ciertos barrios influye en la demanda residencial y puede afectar al valor de las viviendas.

Un estudio sobre zonas estigmatizadas y evolución del precio de la vivienda en Las Palmas de Gran Canaria advierte de que la mala imagen de determinados barrios no siempre responde a su situación actual, sino a una percepción social transmitida durante años. Víctor Jiménez Barrado, profesor titular de Geografía Humana de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, explica que el trabajo parte de encuestas a adolescentes de secundaria y detecta que la «topofobia», entendida como rechazo o aversión hacia determinados espacios urbanos, se concentra en pocos barrios de la ciudad. Según afirma, esa mirada negativa persiste incluso en zonas que han mejorado de forma notable: «Hablaban del Polvorín estos estudiantes cuando ellos nunca vieron el Polvorín en su situación anterior de degradación».

Juan Manuel Parreño Castellano, catedrático de Geografía Humana de la ULPGC, señala que el estudio permite dibujar un mapa de barrios que aparecen asociados a una peor imagen entre la población joven. Afirma que se trata, en muchos casos, de espacios construidos desde finales de los años cincuenta, sesenta y setenta al amparo de políticas de vivienda pública, además de algunos barrios de autoconstrucción más segregados del resto de la ciudad. «Barrios como Jinámar aparecían como uno de los que para el resto de la población joven del municipio tenía peor imagen», indica, aunque precisa que muchos adolescentes no conocen directamente esos lugares, sino que reciben esa percepción a través de la familia, la comunidad o los medios de comunicación.

Efectos sobre vivienda, convivencia y ciudad

Los investigadores sostienen que esa imagen social puede influir en la demanda residencial y, por tanto, en el precio de la vivienda. Parreño afirma que el componente emocional pesa en la elección del lugar donde vivir y que no todo se decide por el coste económico. «La imagen forma parte del concepto de los hogares», señala, antes de advertir de que una percepción negativa puede reducir el atractivo de una zona y alimentar incluso un deseo de salida entre parte de sus residentes. Jiménez Barrado añade que esos prejuicios pueden calar en la población joven y condicionar sus decisiones futuras: algunos lugares pueden constituirse como más atractivos y otros quedar «apartados y menos atractivos».

El estudio también detecta casos en los que otras dinámicas urbanas pueden pesar más que el estigma. Jiménez Barrado cita Guanarteme como ejemplo de barrio donde la presión turística y la evolución del mercado inmobiliario elevan el precio de la vivienda pese a que puedan existir percepciones negativas vinculadas a los efectos del turismo. Parreño advierte, además, de que las mejoras urbanas pueden derivar en procesos de gentrificación si no van acompañadas de medidas de protección para la población residente. «Cuando se interviene la recuperación de un barrio y se mejora el entorno residencial siempre puede haber un proceso de sustitución social de sus habitantes», afirma. Por ello, defiende políticas públicas que mejoren transporte, servicios, espacios libres y equipamientos, pero también ayudas y protección de los alquileres para evitar desplazamientos. Ambos investigadores coinciden en que los vecinos deben apoyarse en dinámicas comunitarias y reivindicar colectivamente sus barrios, mientras las administraciones impulsan actuaciones de visibilidad, educación y promoción que ayuden a romper etiquetas injustas.