El comisario y escritor, con cuatro décadas en EE.UU., defiende que el principal límite del arte isleño es geográfico, no creativo, y reivindica el nivel «excepcional» de sus creadores.
Octavio Zaya (Las Palmas de Gran Canaria, 1953), comisario independiente, editor, escritor especializado en arte contemporáneo y miembro del comité de adquisiciones del TEA, repasa una trayectoria que atraviesa medio siglo de cultura internacional. Tras 44 años en Estados Unidos, asegura que ahora su base está en la isla. «Hace casi cuatro años vivo en Tenerife», dice, donde colabora activamente con el centro tinerfeño.
Su regreso no supone una retirada, sino una nueva etapa. Participa en el comité de compras del museo y continúa impulsando proyectos como un fondo bibliográfico centrado en estudios coloniales y poscoloniales, iniciado años atrás para el propio TEA.
Orígenes combativos
Zaya sitúa sus comienzos en la adolescencia, en plena dictadura. Con 17 años ya escribía en el diario La Provincia una página cultural titulada Subterráneo de las Artes. «Planteábamos cuestiones que durante la dictadura eran impensables», afirma. Habla de textos «corrosivos» que abordaban, de forma conceptual, temas prohibidos como la libertad sexual o el consumo de drogas.
Aquella actitud contestataria también tuvo consecuencias. Recuerda cómo una performance realizada junto a su hermano en una galería de Vegueta terminó con la intervención policial y el cierre del espacio.
El salto a Nueva York
A finales de los setenta decide marcharse a Estados Unidos con la excusa de investigar el movimiento Fluxus. «Conocí a casi todos sus miembros», señala. Poco después se convierte en corresponsal cultural para varios medios españoles, en una época en la que nadie cubría la escena artística neoyorquina.
Desde allí escribe crónicas sobre exposiciones del MoMA, el Guggenheim o el Whitney, pero también sobre literatura y música. Entrevista a figuras como Octavio Paz tras recibir el Nobel o al escritor Tom Wolfe. «Fui el primero que lo entrevistó después del anuncio del premio», recuerda.
Su vida cotidiana transcurre en el epicentro de la contracultura: los clubes del punk, el CBGB, el entorno de Lou Reed o Basquiat. «Llegué justo en la época del punk y de la new wave», explica.
Mirada crítica sobre EE.UU.
Tras décadas en el país norteamericano, mantiene una posición abiertamente crítica con la deriva política reciente. Sobre Donald Trump es tajante: «Artísticamente no tiene nada. Es una persona con muy mal gusto y un payaso con demasiado poder».
Confiesa que muchos amigos le han recomendado prudencia a la hora de viajar por sus opiniones públicas en redes sociales, ante el clima de tensión política.
El arte canario, una potencia limitada por la geografía
De vuelta al Archipiélago, Zaya observa el panorama con perspectiva internacional. Defiende que el nivel creativo local es alto y desmonta cualquier complejo de inferioridad. «Aquí hay un nivel artístico altísimo», asegura.
Para él, el problema no es de talento, sino de contexto. «El problema principal del archipiélago es el aislamiento», afirma. Y lanza una comparación rotunda: «Si estuviéramos en el Caribe, los artistas canarios serían tan importantes como los cubanos».
Considera que la distancia de los grandes circuitos culturales dificulta la visibilidad exterior. «No estamos al lado de un gran centro como otras islas del mundo. Eso pesa», añade.
Memoria y experiencia al servicio del presente
Con más de 50 museos en su currículum —desde África hasta Escandinavia—, Zaya mira atrás con asombro. «Tengo un material de experiencia alucinante», reconoce. Sin embargo, ahora prefiere volcar ese conocimiento en proyectos locales, asesorando y apoyando iniciativas como las del TEA.
Su conclusión es clara: el talento existe, la historia también. Solo falta reducir distancias. «No es cuestión de miedo ni de complejos. Es cuestión de oportunidades y conexiones», resume.