Las aulas hospitalarias garantizan el derecho a la educación de los menores enfermos

Aula hospitalaria | Foto: Gobierno de Canarias

Aula hospitalaria | Foto: Gobierno de Canarias

La profesora Mary Martínez explica cómo las aulas hospitalarias del Hospital Universitario Nuestra Señora de La Candelaria permiten a niños y adolescentes continuar su formación durante la hospitalización, reduciendo estrés y manteniendo la normalidad.

La profesora Mary Martínez explica cómo las aulas hospitalarias del Hospital Universitario Nuestra Señora de La Candelaria permiten a niños y adolescentes continuar su formación durante la hospitalización, reduciendo estrés y manteniendo la normalidad.

Las aulas hospitalarias responden, según explica Mary Martínez, a un derecho fundamental del alumnado hospitalizado. «Todo niño ingresado tiene derecho a continuar con su educación», dice, recordando que este principio está recogido en la Carta Europea de los Derechos del Niño Hospitalizado. Mantener el vínculo con el sistema educativo evita que la enfermedad se convierta en una fuente añadida de ansiedad y aporta tranquilidad tanto al alumnado como a sus familias.

Martínez subraya que la educación, en este contexto, actúa también como acompañamiento emocional y como un elemento de normalidad dentro de una situación vital compleja.

Siete años de aulas hospitalarias en La Candelaria

En el Hospital Universitario Nuestra Señora de La Candelaria, las aulas hospitalarias, tal y como funcionan actualmente con profesorado dependiente de la Consejería de Educación, se constituyeron hace aproximadamente siete años. Desde entonces, se han consolidado como un recurso educativo estable dentro del centro sanitario, integrado en la red pública y plenamente coordinado con los centros educativos de origen del alumnado.

Alumnado de infantil, primaria y secundaria

El servicio atiende a un amplio abanico de edades. Infantil y primaria están a cargo de una maestra especializada, mientras que secundaria y bachillerato son asumidos por dos profesoras, una del ámbito sociolingüístico y otra del científico-tecnológico. «Abarcamos todas las etapas», afirma Martínez, que trabaja principalmente con adolescentes.

El impacto del servicio es especialmente relevante en hospitalizaciones medias y largas, a partir de unos 20 días, aunque la atención se ofrece desde el primer momento a cualquier menor ingresado que lo desee, incluso si su estancia es breve.

Un trabajo coordinado y personalizado

La jornada comienza con el listado de pacientes ingresados. A partir de ahí, el profesorado se reparte el alumnado según la etapa educativa. En los casos que superan aproximadamente los diez días de hospitalización, el contacto con el centro educativo de referencia es obligatorio. «Somos docentes de la Consejería y esta es un aula oficial», explica Martínez, que insiste en la importancia de la coordinación para adaptar contenidos, ritmos y evaluaciones.

Cada caso se aborda de manera individualizada, teniendo en cuenta la patología y el tratamiento. «No todos los alumnos pueden estudiar el mismo tiempo», señala. En algunos casos, el trabajo académico se limita a una o dos horas diarias, lo que obliga a priorizar contenidos y ajustar expectativas.

La reacción del alumnado: sorpresa y alivio

La llegada del profesorado al hospital suele generar sorpresa, especialmente entre los adolescentes. «Al principio no se lo esperan», reconoce Martínez. Sin embargo, con el paso de los días, la percepción cambia. El alumnado valora que alguien se ocupe de informar a su centro, de explicar que no podrán hacer un examen o de mantener el hilo de las clases. «Eso los relaja», afirma.

Docencia en un entorno emocionalmente exigente

Trabajar en un hospital no es sencillo. Martínez admite que el primer año fue especialmente duro, al enfrentarse a la realidad de la enfermedad infantil. «Aquí solo se ve la parte más dura», dice. Con el tiempo, el equipo docente aprende a gestionar emocionalmente la situación y a centrarse en su labor educativa como forma de ayuda.

La experiencia, asegura, ha reforzado valores como la empatía, la comprensión y el cuidado personal. «La salud no se puede dar por sentada», afirma, reconociendo que el trabajo en las aulas hospitalarias transforma tanto en lo profesional como en lo humano.

Educar para no perder el norte

Mary Martínez resume su labor con sencillez: es docente y ayuda desde aquello que sabe hacer. En un entorno marcado por la enfermedad, la educación se convierte en un anclaje a la vida cotidiana y en una herramienta para que niños y jóvenes no pierdan el contacto con su futuro académico. Un trabajo discreto, pero esencial, dentro del sistema educativo y sanitario de Canarias.