«Me han arruinado la vida por las quejas de cuatro vecinos»

Martín subraya que la actividad ganadera no es algo reciente en la zona | Foto: Pixabay

Martín subraya que la actividad ganadera no es algo reciente en la zona | Foto: Pixabay

El ganadero de La Matanza, José Manuel Martín, se desprende de su rebaño tras décadas de oficio y denuncias vecinales por olores y suciedad. Lamenta los insultos y el acoso y ahora afronta deudas de más de 50.000 euros.

José Manuel Martín Reyes, cabrero de La Matanza de Acentejo, no puede contener la emoción al explicar lo que considera el final de toda una vida de trabajo. «Ya vendí las cabras ayer. Se las llevaron para el sur. Me arruinaron la vida», afirma.

El ganadero relata que las presiones y quejas de varios vecinos le han llevado a tomar una decisión que nunca quiso. «Estoy hecho polvo», dice, tras deshacerse del rebaño con el que ha trabajado durante décadas. 

Más de medio siglo de tradición familiar

Martín subraya que la actividad ganadera no es algo reciente en la zona. «Aquí llevamos más de 60 años, y mi familia más de 400. Mi abuelo, mi padre, mi bisabuelo… de toda la vida», explica, reivindicando el arraigo histórico del pastoreo en el entorno. Por eso no entiende el rechazo. «Las cabras han estado primero que los vecinos», insiste.

Quejas, insultos y enfrentamientos

Según su testimonio, los conflictos comenzaron con críticas por supuestos olores o ruidos. «Limpiábamos los corrales, venía Bienestar Animal y estaba todo perfecto», asegura. Después, dice, las acusaciones se centraron en que los animales ensuciaban los caminos.

El problema fue a más. «Me llamaban hediondo, cabrón, cornudo. Me tiraban cubos de agua para que las cabras no se arrimaran», relata. Incluso afirma haber sufrido humillaciones públicas. «Se me cayó la cara de vergüenza cuando vinieron a grabarme y empezaron a gritar».

El cabrero sostiene que muchos de esos vecinos son familiares lejanos. «Son primos, gente de mi padre y de mi madre. Me han hecho la vida imposible», lamenta.

Una venta a la fuerza

Sin alternativas, decidió vender el ganado a una compradora del sur de la isla. «Se las pagó y se las llevó», cuenta. La decisión, además del golpe emocional, tiene consecuencias económicas. Martín asegura que la explotación arrastraba préstamos vinculados a subvenciones y a la compra de animales. «Debemos más de 50.000 euros», afirma, tras detallar créditos solicitados por él y por su hijo para mantener la actividad. Ahora no sabe cómo afrontará esos pagos.

Sin trabajo y con ayuda municipal

El Ayuntamiento de La Matanza se ha puesto en contacto con él para ofrecerle apoyo. «Me llamaron y dicen que no había derecho a hacerme esto, que me quieren echar una mano», señala. Incluso le han propuesto empleo municipal, aunque reconoce que todavía no se ve con fuerzas. «Estoy malo, nervioso, no puedo ni comer», confiesa.

El declive del campo

El caso de Martín refleja también la creciente dificultad para compatibilizar usos residenciales y actividades tradicionales en el medio rural. Donde antes había fincas y ganado, ahora conviven viviendas dispersas y nuevos residentes menos tolerantes al ruido o a los olores del campo: «Toda la vida trabajando y ahora parece que estorbo», resume con amargura.

A sus casi 60 años, el cabrero se enfrenta a un futuro incierto, lejos del oficio que aprendió de su padre. «He vuelto a empezar otras veces, pero esta vez me rendí», admite. Mientras tanto, espera que la ayuda institucional y el apoyo vecinal le permitan recomponer su vida tras una despedida que, asegura, nunca quiso firmar.