Un catedrático de Ingeniería Eléctrica de la ULL rechazó 105.000 dólares para un estudio tras detectar pagos desde Islas Vírgenes y conocer la identidad del financiador: Jeffrey Epstein
El catedrático de Ingeniería Eléctrica de la Universidad de La Laguna, Ernesto Pereda de Pablo, recibió hace unos años una oferta que, en un primer momento, no le resultó extraña: una fundación estadounidense se interesa por financiar un proyecto científico vinculado al análisis de datos electroencefalográficos de personas que meditan de forma simultánea.
Según relata, este tipo de ayudas privadas es habitual en el ámbito académico. «Inicialmente que haya una fundación americana que quiera financiar un estudio de investigación era algo relativamente normal», afirma, recordando ejemplos de entidades filantrópicas ligadas a figuras como Bill Gates o Michael J. Fox.
El presupuesto global del proyecto asciendió a unos 105.000 dólares, de los que a la universidad tinerfeña le corresponderían alrededor de 20.000 euros, con el porcentaje legal destinado a gastos institucionales.
La alarma de las Islas Vírgenes
Las dudas surgen cuando le comunican la forma de pago. «Nos dicen que el dinero tiene que llegar a través de una sucursal en las Islas Vírgenes», explica.
Ese detalle cambia su percepción. El profesor subraya que se trata de «un conocido paraíso fiscal» y reconoce que «eso ya no me sonó bien». Por esa razón pide más información sobre la fundación y, en concreto, sobre la identidad de la persona que la respalda: «No me sentía cómodo recibiendo fondos de un paraíso fiscal», insiste.
El nombre que lo cambia todo
Es en ese momento cuando le facilitan el nombre del promotor: Jeffrey Epstein. Pereda asegura que, al investigar mínimamente, comprueba que ya existían referencias públicas controvertidas sobre el empresario. «Si uno buscaba información antes de 2017, ya se veía que había problemas», señala.
La decisión, dice, es inmediata: «Cuando supe quién era y de dónde venía el dinero, dije que no».
Ética frente a necesidad
El catedrático reconoce que no fue una disyuntiva sencilla en términos abstractos, pero sí clara en su caso personal. «Yo fui afortunado porque no necesitaba ese dinero para comer», comenta.
Añade que la situación podría ser distinta para investigadores con mayor precariedad: «Si alguien tiene que elegir entre aceptar eso o pasar penurias, sería más complicado». Aun así, recalca que prefirió mantenerse al margen: «No me sentía cómodo y decidí rechazarlo».
Como docente y funcionario, valora la estabilidad laboral que le permite tomar decisiones basadas en principios y no en urgencias económicas.
Transparencia en la investigación
Pereda defiende que la financiación científica debe ser clara y trazable. A su juicio, el origen de los fondos es tan importante como el propio proyecto. «Estas cosas hay que hacerlas por los cauces normales, con bancos normales y con total transparencia», viene a resumir.
Con el tiempo, la figura de Epstein se convierte en sinónimo de escándalo internacional, lo que refuerza, según admite, la sensación de haber tomado la decisión correcta. «La verdad es que me alegré después», concluye.
El episodio, más allá de la anécdota, abre un debate sobre los límites éticos de la captación de recursos en la universidad pública y sobre la responsabilidad de los investigadores a la hora de aceptar —o rechazar— determinadas ofertas.