La guerra que viene

Casimiro Curbelo (izq.) y Ángel Víctor Torres conversan en el Parlamento de Canarias | ASG

Casimiro Curbelo (izq.) y Ángel Víctor Torres conversan en el Parlamento de Canarias | ASG

La frase final le corresponde a Casimiro Curbelo y al PSOE, partido que no le debe nada a nadie

Francisco J. Chavanel

Es asombroso que, con todo lo que se ha vivido y que ha fallecido en este tiempo de Gobierno presidido por Ángel Víctor Torres, con aquel pavoroso incendio que iba a llevarse a Gran Canaria por delante, la caída estrepitosa de Thomas Cook, la presentación de la pandemia y el cierre de toda la economía local, la presentación al mismo tiempo de la pobreza y sus fantasmas, el turismo a pique, las batallas con Madrid perdidas, casi todas, la de los antígenos, la de los migrantes, la de los menores migrantes, la de un plan de reactivación turística, la de un plan para salvar pequeñas y medianas empresas, la del superávit, la de las carreteras y los dineros que nos pertenecían por sentencia del Supremo, la presencia de los elfos en la administración, los nonistas o los burócratas, los que no permiten que nada avance y que el dinero no llegue a su destino…, es asombroso, digo, que después de todo esto el Gobierno siga vivo, siga de pie y siga aguantando, y que ahora, después de un baile en el infierno, después de quemarse las plantas de los pies unas cuantas veces, esté a punto de saltar por los aires por algo denominado Televisión Canaria. Es asombroso, es absurdo, es surrealista, pero es lo que hay.

En estos momentos, en el Gobierno de Canarias late un ultimátum, el pronunciado por el elemento clave del pacto, el presidente de La Gomera, Casimiro Curbelo, que le ha dicho a su socio Román Rodríguez, de Nueva Canarias, que si se atreve a vetar a Jorge Bethencourt, elegido por él para formar parte de la Junta de Control de la citada televisión, la Agrupación Socialista Gomera abandonará el Ejecutivo, dejándolo en minoría. No es una amenaza para que caiga en campo yermo; es una amenaza en serio, una semana después de que el capo de Videoreport, Juan Francisco García, se reuniera en un almuerzo en Canarias7 con el citado Román, el protector de los intereses del cacique, y con Ángel Víctor Torres, buscando los socios que Torres se añulgara, pactara cosas que fueran contra el sentido común, convertir a Torres en una especie de Paulino Rivero, completamente entregado a la causa.

No pasó y no pasó porque el PSOE, este PSOE, el PSOE de Torres no le debe nada a ningún medio de comunicación. Llegó al Gobierno gracias al odio de muchos de ellos a Coalición Canaria y a Clavijo, no porque le tuvieran especial simpatía a Torres. Al contrario, lo ninguneaban. Román era el más inteligente, el más listo, el mejor estratega, el que se los iba a llevar a todos al huerto. Y, efectivamente, se los ha llevado tanto al huerto que ahora nadie se fía de él y está más solito que la una. Uno diría que huele a muerto si no fuera porque hemos visto muchos muertos resucitando en política. Dejémoslo, por lo tanto, en tocado. Está tocado, pidiendo amor y dicha, pero digo yo que, si alguien apuesta por la cara por uno de los dos pretendientes, y lo hace adrede, con todo su sentido de la responsabilidad, es porque sabe de qué va este juego, y en este juego o se vive o se muere, no hay más. Y ahora resulta que Román está muriendo, pero sólo ahora, en este preciso instante, él pierde, Torres gana y Casimiro gana. Estoy convencido de que, conociéndole, encontrará, antes o después, una salida a su desgracia. Pero ahora, ahora mismo, muerde el polvo. Pobrecito, mi niño. Qué chunga es la vida.

O sea que ni Torres ni el PSOE le deben nada a medio de comunicación alguno. Nada es nada. Nothing. Ni a Canarias7, ni a La Provincia. Tienen las manos libres para elegir lo más conveniente, incluso a favor de los intereses generales.

Démosle a la moviola para entender este galimatías. En marzo de 2018, con Fernando Clavijo de presidente autonómico, el entonces presidente del Ente Público, Santiago Negrín, determina declarar desierto el concurso de Informativos para la Televisión Canaria. Hablamos exactamente de 144 millones de euros en siete años, una pasta. En los tiempos que corren, un salvoconducto para vivir del cuento, para alejarte del periodismo, venderle las páginas al mejor postor, ser hoja parroquial, contar mentiras tralará, y saber que vas a ganar un montón de dinero sin hacer otra cosa que succionar la teta pública. La razón que esgrimió Negrín para declarar el concurso desierto no puede pasar desapercibida. Las dos empresas presentadas, Videoreport (Canarias7) y Nuntium (Editorial Prensa Ibérica), protagonizaron un festival de trampas entre ellas, hasta el punto de intentar darle información suplementaria a la mesa de contratación en los sobres 1 y 2, que sólo correspondían al sobre 3. Es decir, tanto se temían, tanto se odiaban, tanto desconfiaban, y tanto habían comprado al por mayor, que los gigantes trocaron en hampones del tres al cuarto, invalidando el concurso los muy sonados. Negrín hizo lo único que podía hacer: declarar la guerra desierta y, al final, hasta los tribunales le dieron la razón.

De todas aquellas prebendas de las que gozaba Canarias7, Videoreport o el C.F. octogenario Juan Francisco García, hubo tres que no se resolvieron. Los alquileres de los dos locales en Santa Cruz y en Las Palmas de Gran Canaria, la mamanza de programas diarios de discutible calidad y de discutible éxito y, sobre todo, el alquiler del material, el alquiler de los hierros como se dice en la profesión, el alquiler de cámaras, ordenadores, proyectores, la vaina de hierros ferrugientos del año de la pera, obsoletos, viejos y arrugados como la piel del dueño, que cuestan una pasta, otra pasta más, casi cinco millones de euros al año entre alquiler y hierros, casi siete millones entre alquiler, hierros y programas que te regalo para que estés callado. Y así, pasa lo que pasa: que la Televisión Canaria, tras veintidós años en el mercado, no tiene nada suyo, no tiene dónde caerse muerta, no tiene locales, ni material, ni archivo, ni vergüenza. Durante esos veintidós años, se ha dedicado a hacerle una transfusión de sangre a Editorial Prensa Ibérica y a Canarias7 de unos mil millones de euros. ¿A cambio de qué? A cambio de que sean tus maltratadores, tus chantajistas, tus extorsionadores, los que contratan sicarios para amenazarte, los que contratan políticos para usar el Boletín Oficial contra los que protestan, los que te tienen contra las cuerdas todo el rato.

Y esto, supongo yo, tiene que acabar de una vez por todas. Se tiene que terminar por mil razones. Porque hay crisis, porque a la gente no le alcanza, por algo que se llama dignidad, porque a los caciques hay que despedirlos cuando llega un momento en que todo lo que tocan huele mal.

De modo que esto es lo que hay. La Junta de Control que tiene que montarse en veinte días va de esto. Esta es la guerra civil que viene. Otra vez, Capuletos contra Montescos, pero sin Romeo ni Julieta, ni nada romántico por lo que valga la pena morir ni siquiera un segundo. La frase final le corresponde a Casimiro Curbelo. Él será el árbitro y no Román Rodríguez. Le corresponde a Curbelo, he dicho, y al PSOE, al partido que no le debe nada a nadie y que tiene las manos limpias en este proceso, y también le corresponde a los que pusieron la primera piedra para que la serpiente no terminase envenenando el paraíso.

Siete millones de euros para un medio de comunicación que lo único que hace es contar las múltiples aventuras de Nueva Canarias, que está entregado hasta la enfermedad a una única posición política, que su entrega es la del color del dinero ganado con una pistola en el pecho, la avaricia en estado supremo. Me recuerda a un verso de Baudelaire, nadie más moderno que Baudelaire: “Cuando llegue la lívida mañana, mi hueco vacío encontrarás, y helado seguirás hasta la noche. Como otros por la ternura, sobre tu juventud y tu vida, yo quiero reinar por el miedo”.


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