Francisco J. Chavanel
Francisco J. CHAVANEL
En la madrugada de ayer Delcy Rodríguez, presidenta de Venezuela, dijo una verdad como un templo en la sede de la ONU: “La democracia no se mide por la existencia de elecciones”. Por supuesto: las democracias que no hacen elecciones son dictaduras; y las democracias que no aprueban presupuestos van camino de ser otra dictadura.
Qué le vamos hacer, el mundo se ha llenado de jetas y caraduras que te arrojan las verdades del barquero a la cara, y tú te callas porque te quedas como anulado y petrificado, asombrado de tanta osadía, perdido por completo en una selva de opiniones, donde la tuya sobra.
Hubo un tiempo de políticos con sentido del rigor y de la vergüenza que escuchaban y modificaban su conducta cuando cometían errores. Ahora ya no sucede esto. Estamos cansados de ver en esta legislatura como nadie dimite pase lo que pase. Si hay una Dana el vigilante huye en un bosque de mentiras; si descarrila un tren y ocasiona más de 30 muertos la culpa es de la vía que se rompió sin avisar; si eliges a dos secretarios generales y estos se embadurnan en el barro de la corrupción, la única responsabilidad es de los elegidos por haber salido torcidos.
Es una letanía constante, aburrida, y permanente. Pase lo que pase, sea cual sea su gravedad, nadie adopta una posición democrática de asunción de responsabilidad para salvar a un sistema que todavía llamamos “democrático”. Si nadie tiene responsabilidad de sus actos, ¿pará qué es útil el sistema que nos hemos dado?… Si el error y la negligencia no son castigados, ¿qué clase de ejemplo se está dando a la sociedad? ¿Se le puede pedir responsabilidad a unos ciudadanos cuyos políticos no aceptan las reglas de juego y se inventan otras para evadir la gravedad de sus decisiones?
Pues Delcy nos lo ha aclarado. La democracia es una superchería, un acto de fe en algo que no existe. Lo importante de ese tipo de democracias es lo que va antes, no el instante del voto. El voto llegará o no llegará pero no es clave en el asunto. Ni Trump podría explicarlo mejor. España, con dos besos en su mejilla, apuesta por ese tipo de “democracias”. Es lo que ha pasado en Ceuta. Apostamos por democracias como la de Marruecos, donde solo vota el 38% de la población, por la Venezuela adoctrinada de Delcy, por los terroristas de Hamas, y por los terroristas del régimen iraní. Nivelazo.
Nos percatamos de que España desarrolla la “línea Delcy”. Apostamos por “democracias” donde no se vota, o donde el voto está amañado de antemano.
De repente me viene a la cabeza Zapatero, ese señor que asume en un escrito que ha robado unas joyas, y se las quedó cuando pertenecía al Estado, está en el principio de todo.
Él fue quien nos robó la joya de la democracia cuando puso en marcha su memoria histórica, bola negra del resentimiento y del apogeo de las doctrinas obtusas, las dos Españas otra vez enfrentadas en una historia interminable de sufrimiento, de acusaciones mutuas sin retorno, de heridas y puñales que se clavan en la memoria y en la desmemoria, la noche de los muertos vivientes de un país en llamas que es capaz de tratar a una anciana como una delincuente porque no puede pagarle a su casero 2.500 euros al mes.
La democracia no se mide por la existencia de elecciones, dijo Delcy. Claro que no. Nuestras democracias amigas se miden por su inexistencia. No lo son. Algunas no lo han sido nunca, otras lo disimulan, y otras más han sido golpeadas por siniestras manos hasta fundir las ilusiones de su población.
Seguro que lo único que interesa es el poder sin dobleces. Aunque no lo disfrutes ni sepas qué hacer con él. Antes querías el poder para gobernar, ahora el poder se quiere para presumir. Gobernar exige esfuerzo, preparación, saber de qué se habla, poseer una altura intelectual que ahora mismo está en el subsuelo. El poder actual precisa de seres abominables, carentes de ética y de empatía humana, monstruos en una tienda de los horrores.
Desde este punto de vista lo están haciendo muy bien. Felicidades.
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